16 dic 2025 – 10 mayo 2026
Desde mediados del siglo XIX, la sociedad vizcaína se hallaba inmersa en un dinámico entramado social en el que la vida religiosa desempeñaba un papel destacado, no solo en el ámbito estrictamente espiritual, sino también en los planos político, ideológico y educativo. En Bizkaia, la fe contaba con un profundo arraigo en la vida cotidiana. Sin embargo, fue a lo largo del siglo XIX cuando las instituciones religiosas consolidaron una presencia más visible y un papel decisivo en la esfera pública.
Los profundos cambios que trajo consigo la Segunda Revolución Industrial (1874-1914) transformaron radicalmente la manera en que la sociedad vizcaína entendía y vivía sus tradiciones. El mundo rural, el marítimo, el obrero y el urbano compartían un mismo sustrato espiritual que formaba parte esencial del orden de la vida.
No resulta extraño, por tanto, que el arte producido en Bizkaia en ese periodo poseyera un marcado carácter religioso, reflejo del profundo arraigo que la Iglesia tuvo en la historia y en la identidad del territorio. Los artistas, siempre atentos a captar y reinterpretar su entorno, recogieron en numerosas ocasiones escenas de la vida religiosa vizcaína de carácter popular o promovidas por el ámbito eclesiástico.
La religiosidad vizcaína fue, más que una práctica espiritual, un auténtico orden moral y social. El catolicismo se identificaba con los valores tradicionales del Señorío de Bizkaia.
La religiosidad vizcaína se expresó de modo distinto en cada ámbito. En el medio rural, el caserío y la ermita eran centros de cohesión: la romería al santuario, la misa o la procesión patronal representaban el ritmo de la comunidad. La montaña y el valle se concebían como espacios de contemplación espiritual. En los puertos, la fe acompañaba al marino en cada travesía. En el entorno obrero, las fábricas y minas estaban a menudo consagradas a santos y santas protectores, cuya intercesión se invocaba para la seguridad y prosperidad del trabajo. En todos estos entornos, la Iglesia ofrecía un marco moral y social de referencia para la población.
La industrialización, sin embargo, alteró este equilibrio ancestral. La llegada masiva de inmigrantes y la emergencia de una nueva clase obrera generaron tensiones sociales y un incipiente laicismo urbano. Aun así, la vida social seguía girando en torno al templo. Las romerías en la ermita del monte o las festividades de santos patronales, los aurreskus, los bailes populares junto a la iglesia, los mercados y ferias que se formaban en pórticos o plazas de los templos, constituían una fusión feliz de lo sagrado y lo secular.
Como no podía ser de otra manera, todo este panorama se reflejó en el ámbito artístico. En Bizkaia, durante el último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, se desarrolló un movimiento complejo, un estímulo hacia las artes sin precedentes en la región.
Las representaciones religiosas continuaron siendo un terreno de dualidad. Por un lado, persistía la tradición académica, con encargos funcionales, de amplio calado popular; por otro, emergía una mirada moderna que reinterpretaba lo sagrado desde la sensibilidad contemporánea.
Esa tensión entre tradición y modernidad se convirtió en el signo de la época.
Y el arte convierte romerías y procesiones en imágenes con fuerte carga identitaria y trasmisora de valores. El paradigma del pueblo cristiano vasco.
Firmas como Anselmo Guinea, Vicente Cutanda, Eduardo Zamacois, Francisco Durrio, Genaro Urrutia, Valentín de Zubiaurre, Aurelio Arteta… se hacen eco de esta corriente.